
– Sí -admitió.
Había esperado un estallido de furia y su padre no la desengañó. Lanzó un juramento que nunca antes había oído en sus labios.
– ¡Por Dios! Hija, ¿es que no tienes sentido común para andar por ahí con un perdedor sin remedio? Eres una Hampton, la hija del alcalde. Espero de ti mucho más que un don nadie.
– ¡Wade no es un don nadie! -exclamó ella, venciendo el miedo-. Y no tienes por qué preocuparte. Dije que salía con él no que me acostara con él.
Hampton avanzó unos pasos hacia ella y se detuvo como luchando consigo mismo para recuperar el control de sus actos. Tenía hinchadas las venas del cuello y sus sienes pulsaban.
– Da gracias de que así sea. No es lo bastante bueno para ninguna hija mía. Es un bastardo, Leigh. Tiene sangre india y jamás permitiré que una hija mía se case con un maldito indio.
– Nunca hemos hablado de boda -replicó ella enfadada-. Sólo tengo diecisiete años.
– Exacto -gritó él-. Tienes diecisiete años y vives bajo mi techo. Y seguirás viviendo aquí hasta que yo te lo diga. Te prohíbo que vuelvas a verlo.
Giró sobre sus talones y salió de la habitación. Drew Hampton Tercero había hablado. A todos sus hijos les habían inculcado desde pequeños que su palabra era la ley por muy irracional y arbitraria que pudiera ser. Con un puñetazo sobre su mesa, Leigh Hampton, la hija modelo, la estudiante sobresaliente, decidió desafiar la voluntad de su padre.
Durante las semanas que siguieron, Leigh se escapó de casa un poco antes de la medianoche para poder ver a Wade. Todos los días la esperaba en un seto que había junto a su casa con un ramillete de flores. Se abrazaban y besaban y luego iban cogidos de la mano hasta unas cuantas manzanas más allá, donde él dejaba aparcada la moto.
Lo tardío de la hora y la oscuridad de la noche añadía a sus encuentros la intimidad de la que habían carecido hasta entonces. Leigh y Wade se hundieron en un abismo de pasión. Sólo los actos de suprema fuerza de voluntad evitaron que Leigh le revelara sus más íntimos secretos. Después, Leigh volvía a hurtadillas a su casa, llena de amor y de miedo a ser descubierta.
