
– Siempre dijo que no quería llantos en su funeral -dijo Wade al cabo de un rato-. Decía que había vivido bien y que le gustaría que se tocara música tejana en su entierro. Pero, la verdad, no me siento con ánimos de bailar.
Leigh asintió y trató de sonreír sin conseguirlo. Alzó el brazo sobre el abismo que les separaba y le apretó la mano, un gesto demasiado repentino para no ser espontáneo. Wade dejó su mano inerte, sin rechazar ni responder a su gesto.
– Siento mucho que tenga que ser así, Wade -dijo ella, abandonando el intento.
Wade no supo si se refería a la muerte de su madre o a su reencuentro. Leigh se dio media vuelta y se alejó como si ya no hubiera nada que decir. Él se quedó donde estaba, el sentimiento de pérdida que le había invadido desde su llegada a Kinley se hizo más profundo.
Leigh levantó una caja de frascos y la llevó con esfuerzo a la parte delantera del almacén familiar. Cuando acabó de ordenar los frascos en la estantería, jadeaba. Se sacudió el polvo de los vaqueros y se pasó una mano por la frente sudorosa y polvorienta. Frunció el ceño ante su aspecto. Tenía veintinueve años y nunca había tenido un trabajo que le exigiera llevar otra cosa que unos pantalones vaqueros y una camiseta.
Las campanillas de la puerta tintinearon avisándola de que un cliente acababa de entrar. Se asomó por una esquina del mostrador y fue recibida con una risa suave. Drew, su hermano menor, se le acercó y le pellizcó la mejilla.
– ¿Qué te parece tan divertido, Drew?
Los ojos de su hermano chispeaban de gozo. Drew sacó un pañuelo y le limpió la cara.
– Tú -rió él-. No puedo creer que seas dos años mayor que yo. Con esa coleta y la cara sucia no aparentas más de diecisiete.
Diecisiete. A esa edad había cometido el error de creer que podía manejar a Wade Conner. Había sido lo bastante ingenua como para creer que una adolescente tonta podía mantener a raya la pasión de un hombre y había pagado muy cara su equivocación.
