
– ¿A qué viene ese ceño, Leigh?
Drew le cogió la barbilla. Era ridículamente alto comparado con su uno sesenta. Por otro lado, parecía una versión masculina de sí misma. Pelo castaño, nariz recta y una boca un tanto grande en proporción al resto del rostro.
Leigh dejó a un lado su mal humor y lo abrazó. Trabajaban juntos en el almacén de la familia y él era la primera persona que prefería ver por las mañanas. Pero tampoco iba dejar pasar la oportunidad de reprenderle por su irresponsabilidad. Levantó la muñeca y señaló el reloj.
– Quizá el ceño se deba a lo tarde que llegas, Drew. Tenías que abrir tú esta mañana, menos mal que se me ocurrió venir a primera hora.
Drew hizo una mueca y Leigh sintió remordimientos. En realidad, no estaba enfadada porque nunca esperaba que su hermano fuera puntual.
– Lo siento, Leigh -se disculpó él, mientras comprobaba de un vistazo que los comestibles y demás artículos ya estaban ordenados.
Leigh había heredado la tienda tras la muerte de su padre hacía diez años. Y había hecho auténticas maravillas. Con el anciano Hampton, el negocio era un caos donde los clientes no podían encontrar nada.
– ¿No me habrás necesitado?
– Sólo para cargar unas cuantas cajas -contestó Leigh sin conseguir enfadarse.
Leigh se acercó a la caja registradora. Era un modelo antiguo, pero las cosas viejas eran muy valoradas por Kinley, su conversación constituía un modo de entender la vida. Había una cafetera junto a la caja y le sirvió una taza de café a su hermano.
– Cuéntame dónde estuviste anoche.
– En el bar, ¿dónde si no?
Kinley sólo disponía de un bar. Drew solía quejarse de que era una de las desventajas de vivir en un pueblo tan pequeño. A unos cincuenta kilómetros al sur estaba Charleston, una ciudad próspera que conservaba en buen estado su centro histórico. Georgetown quedaba más cerca, pero su aire estaba viciado por las fábricas de papel.
