Y mientras mi madre hablaba de mi hermana y me explicaba lo preocupada que le tenía el hecho de que mi hermana Ana, el ama de casa formalísima cuya dulzura y maneras nunca habíamos visto flaquear, llevase una temporada llorando sin parar y adelgazando a ojos vista, tuve que asumir que me sentía como si me estuviera hablando de una perfecta desconocida, porque, en realidad, ¿tengo yo alguna idea de cómo es mi hermana Ana? Prácticamente no nos hablamos, y creo recordar que tampoco lo hacíamos cuando vivíamos en la misma casa (de eso, me parece, hace mil años). Admitámoslo: a sus ojos, yo soy un putón. A los míos, ella es una maruja. En eso consiste nuestro cariño fraternal. Y a una no le gusta hablar de su familia porque de pronto cae en la cuenta de que no tiene ninguna tabla a la que agarrarse en medio de este naufragio general de familias desunidas, empleos precarios, relaciones efímeras y sexo infectado.


Pero volviendo a lo que estábamos, que me he ido por los cerros de úbeda, a lo de mis problemas ginecológicos, digo, la segunda prueba fue un raspado (para no herir vuestra sensibilidad os ahorro el relato de cómo se obtiene una muestra del tejido de los ovarios) y entonces la doctora decidió que el problema se llamaba «endometriosis», que es como una masa de células muertas, o algo así, que se acumulan en el endometrio y lo bloquean. Resulta que la tal endometriosis es una de las principales causas de esterilidad femenina, y yo sin saberlo. Así que me recetaron unas pastillas que me pusieron malísima, venga a vomitar y a marcarme, por no hablar de los dolores, unos calambres espantosos, como si te abrieran las entrañas con tenazas. Caminé dos días casi a tientas por la calle, entre los edificios desdibujados por mi visión borrosa, teniendo que detenerme cada tres pasos para expulsar un líquido bilioso y semitransparente que fluía, imparable, por mi boca. Y ni por ésas, seguía sin tener la regla.



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