
Pero volviendo a lo que estábamos, que me he ido por los cerros de úbeda, a lo de mis problemas ginecológicos, digo, la segunda prueba fue un raspado (para no herir vuestra sensibilidad os ahorro el relato de cómo se obtiene una muestra del tejido de los ovarios) y entonces la doctora decidió que el problema se llamaba «endometriosis», que es como una masa de células muertas, o algo así, que se acumulan en el endometrio y lo bloquean. Resulta que la tal endometriosis es una de las principales causas de esterilidad femenina, y yo sin saberlo. Así que me recetaron unas pastillas que me pusieron malísima, venga a vomitar y a marcarme, por no hablar de los dolores, unos calambres espantosos, como si te abrieran las entrañas con tenazas. Caminé dos días casi a tientas por la calle, entre los edificios desdibujados por mi visión borrosa, teniendo que detenerme cada tres pasos para expulsar un líquido bilioso y semitransparente que fluía, imparable, por mi boca. Y ni por ésas, seguía sin tener la regla.
