
Pero, claro, esto a mis hermanas no hay quien se lo meta en la cabeza, venga a darme la murga todo el día con aquello de Cristina, que no puedes seguir así y Cristina, qué vas a hacer con tu vida… Qué pelmas. Mi hermana Rosa, que es una ejecutiva de alto standing, cree que todas deberíamos ser como ella y llegar a lo más alto, y me parece que para ella una hermana camarera supone el mismo deshonor que una hermana puta para un siciliano. En su sistema de vida el valor de cada persona es fácilmente mensurable y cuantificable: se halla extrayendo la media numérica de factores tales como los ceros de su cuenta corriente, los metros cuadrados de su despacho o el número de subordinados a su cargo, y a partir de ahí se les adjudica una puntuación del uno al diez. Es que ella es una especie de genio; es capaz de sacarte una raíz cuadrada de un número de cuatro cifras sin lápiz ni papel y se sabe de memoria las capitales de todos los países del mundo, hasta la más perdida. Pero, como corresponde a su calidad de genio, anda un poco grillada. Apenas se relaciona con nadie. Tiene un carácter tan hermético que se diría envasado al vacío.
Y tampoco es que la hermana que me queda sea un prodigio de estabilidad mental. Hace dos semanas me llamó mi madre, muy preocupada, para hablarme, precisamente, de mi hermana Ana. Desde el momento en que escuché aquella voz glacial y contenida al otro lado de la línea, ya sabía que algo tenía que ir mal, porque mi madre no suele llamarme así como así. Sus contactos, planificados y escasos, requieren una justificación importante, una razón seria que le obligue a aventurarse a cruzar el frágil puente, hecho de un trenzado de reproches velados y suposiciones absurdas, que hemos tendido sobre el abismo que nos separa. No sabéis cuánto me cuesta, cuánto me duele, reconocer que entre la autora de mis días y yo no queda otro vínculo que el de la mutua desconfianza.
