
Y lo mismo pasa con Rosa, mi reservada hermana. Siempre pensamos que la tía era tan rara y tan introvertida porque le había afectado mucho lo de que mi padre se largara de aquella manera, así, de pronto, sin decirnos nada. Pero resulta que ella también fue al psiquiatra (sí, reconozco que lo de mi casa es muy fuerte, dos hermanas que van al psiquiatra y la mayor en casa llorando con una depresión de caballo), y el médico le explicó que todo era un problema de recaptación de serotonina. Esto es, que a mi hermana le falla la sustancia que funciona como neurotransmisor entre las células del cerebro. Así que ahora Rosa vive colgada del prozac, una droga mágica y legal que, por lo visto, regulará sus niveles de serotonina y hará de ella una mujer nueva. Habrá que verlo.
Lo dicho. A mí me sobra testosterona y a ella le falta serotonina. Y según estos excesos y carencias nuestros problemas no tienen nada que ver con las circunstancias personales o familiares sino con la composición química de nuestros cerebros y ovarios, así que Freud, Lacan, Jung, Rogers, os ha lucido el pelo, queridos. Pero yo me pregunto si no será al revés, si la vida no nos habrá afectado tanto que el cerebro de Rosa dejó de producir serotonina y mis ovarios se pusieron a segregar testosterona como locos, y vete tú a saber lo que le pasó a cualquier órgano de Ana.
