
Entretanto, la ginecóloga insiste en que tome unas pastillas nuevas y yo me resisto; en primer lugar, porque no me apetece volver a vomitar y a sufrir náuseas y calambres; en segundo, porque tampoco estoy muy segura de que me apetezca que me vuelva la regla, y en tercero porque desde que me dejó Iain, o le dejé yo, o nos dejamos -y de esto hace un mes, un mes de pesadilla- casi no me ha apetecido follar, y como encima me ponga a hacer descender mi nivel de testosterona me temo que mi libido va a quedar definitivamente por los suelos. Y bueno, mis hermanas se meten mucho conmigo por promiscua y devorahombres, pero ¿qué quieres que te diga?, soy como soy, sea porque mi padre nos dejó, sea porque me sobra testosterona, yo soy así y me gusta, y no me apetece renunciar al único placer tangible que la vida nos permite aprovechar.
La vida debería ser como un calendario. Cada día se debería poder arrancar una página para iniciar otra en blanco. Pero la vida es como la capa geológica. Todo se acumula, todo influye.Todo contribuye. Y el aguacero de hoy puede suponer el terremoto de mañana.
Cuando yo tenía trece años y Donosti no significaba para mí otra cosa que la ciudad en que vivían mis abuelos, solía pasear con mi amigo Mikel a lo largo del paseo de la Concha. Mikel y Cristina, siempre de la mano.
Mikel tenía trece años, era de Bilbao y vivía en el caserón contiguo al nuestro.
