
Al acabar las vacaciones nos prometimos el uno al otro que a lo largo de los años nos enviariamos postales para confirmar que ambos promontorios seguían donde antaño, y que todavía no habían optado por intercambiar posiciones.
Pasaron los años, cada uno regresó a Donosti, por separado y por diferentes razones, pero ninguno le envió al otro la postal prometida. Ya hacía tiempo que no nos veíamos ni nos llamábamos.
Aunque nunca lo dijimos, estuvimos enamorados, pero el amor no dura para siempre.
Santa Clara, sin embargo, no se mueve de su sitio. Años después pasé mis primeras vacaciones junto a Iain precisamente en Donosti, y desde entonces el paseo de la Concha, las palomas del parque, la barandilla de la playa y el perfil de Santa Clara quedaron irremediablemente asociados a él. San Sebastián dejó de significar el pueblo de los abuelos, el caserón lleno de polvo y los paseos con Mikel por el malecón, y pasó a ser, sencillamente, la ciudad en que Iain y Cristina habían descubierto que se querían. Y estos últimos días, cuando todos los medios no dejan de hablar del festival de cine de San Sebastián, no me he acercado a un periódico y he mantenido apagada la televisión, porque sabía que no soportaría la visión del Victoria Eugenia ni del malecón ni del parque ni de la playa, ni muchísimo menos de la isla de Santa Clara.
Y eso es porque sólo los cangrejos, o los txangurros, o los carramarros, o como se quiera llamarlos, se atreven a lanzarse de cabeza a través de grietas entre las rocas, de simas cuya longitud equivale a cientos de veces el tamaño de sus cuerpos.
