Ese verano su madre se había puesto enferma y habían tenido que ingresarla en el hospital. Como parecía que la cosa iba para largo, el padre de Mikel decidió enviar a su único hijo a pasar las vacaciones con su hermano, el tío de Mikel, en San Sebastián. Pero aquel tío, un profesor de instituto solterón e introvertido, no tenía ni tiempo ni energías para dedicárselas a su sobrino, de forma que el pobre chico se veía condenado a vagar por los jardines del caserón persiguiendo lagartijas y tirándoles piedras a los gatos. Y fue cuestión de días el que nos conociéramos y nos hiciéramos inseparables.


Nuestras diversiones no eran nada del otro mundo. Discutíamos sobre si a los caracoles había que llamarlos bígaros, magurios o carraquelas, y si los cangrejos se llamaban txangurros o carramarros. Luego hacíamos chistes sobre el rótulo del cuartel de la Guardia Civil, al que una bomba oportuna había hecho saltar una letra, convirtiendo el épico lema «Todo por la Patria» en el más castizo «Todo por la Patri». Mlke1 opinaba que la Patri era una de las mejores meretrices del barrio viejo -cuyos límites comienzan justo detrás del cuartel- y que era una chica muy popular entre los guardias más jóvenes. Después perseguíamos a las palomas del parque, intentando en vano pegarle una patada a una de esas ratas con alas. Y, finalmente, cuando caía la tarde y empezaban a encenderse las luces del puerto, nos acodábamos en la barandilla que da a la playa y nos tirábamos un rato largo contemplando el mar. «Imagínate -solía decir yo- que una mañana bajas a la playa y te encuentras con que Santa Clara está en el monte Urgull y el monte Urgull en Santa Clara. Te restriegas los ojos una y otra vez, intentando convencerte de que se trata de una mera alucinación producto de la resaca, pero miras otra vez, y allí siguen, el monte en el centro y la isla a la izquierda, y lo peor de todo es que nadie más se ha dado cuenta, sólo tú. ¿Ha sido obra de los marcianos? ¿Es el comienzo del plan 10?» Repetía el chiste casi todas las tardes y todas las tardes nos hacía la misma gracia. Si habíamos tomado dos cañas, nos hacía muchísima gracia. Y todas las mañanas, cuando Mikel y Cristina íbamos a la playa, lo primero que hacíamos era comprobar, con un respiro, que tanto el monte como la isla seguían en su sitio.



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