Pobres monjas. Hormiguitas anodinas de dudosa vocación que habían ingresado en la orden huyendo de un padre tiránico, de una casa paupérrima o de la vergüenza social que implicaba una soltería no buscada. Caritas de ratón lavadas con jabón de sosa y un constante olor a alcanfor que se les escapaba en los murmullos de las tocas y los pliegues de rafia negra e inundaba los inacabables pasillos de piedra. Ninguna de nosotras quería acabar de monja. Yo no, desde luego. Misionera, aún, pero monja ni loca. Además, ya se encargaba mi madre de hacerme notar que ése era el peor destino que me podía tocar. No me lo decía directamente, pero yo me enteraba, porque oía cómo mi madre le repetía a mi hermana Rosa que debía arreglarse más y hacer más caso a los chicos, que si no acabaría por tener que meterse a monja. Y por el tono con que subrayaba lo de meterse a monja se entendía muy bien que, por la cuenta que le traía, ya podía mi hermana salir volando a la calle, bien pintada y bien peinada, a sonreír a todo chico que pasara.


En fin, que a nosotras nos quedaba la opción de ser monjas y de considerarnos Hijas de María. A mí lo de la Virgen María me sonó siempre a premio de consolación (aunque siempre me guardé mucho de decirlo), porque la imagen de la Virgen que había en la iglesia era significativamente más pequeña que la del Cristo crucificado, aquel Cristo sangriento y aterrador, imponente y casi hermoso, Cristo sufriente y enjuto de madera dolorida tallada en músculo y fibra. Una pequeña imagen que se erguía a su izquierda representaba a una criatura de rasgos aniñados, el pelo color trigo, los ojos azules desteñidos al paso de las lágrimas, vestida con una toga blanca y una sobretúnica azul claro, y coronada con una diadema de estrellas. Me recordaba vagamente a mi madre, con la sutil diferencia de que la imagen de la madre de Dios ofrecía una sonrisa 1evemente amable que no entraba, definitivamente, en el repertorio gestual de la mía. Años después aprendí que la madre de jesucristo había sido una judía de Galilea y que era, casi con toda probabilidad, morena. Pero la imagen de la estatua rubia de la iglesia se me había marcado de tal manera en la cabeza que siempre que pensaba en jesucristo o su madre me los imaginaba rubios.



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