
En nuestro colegio nos ofrecían a la Virgen a los cuatro años. La vida entonces era fácil. Resultaba tan dulce dejarse llevar de la mano por caminos trillados y aprendidos… Recuerdo, más o menos, la ceremonia de ofrenda. Consistía en que las niñas avanzábamos trastabillando por el pasillo de la iglesia mientras sujetábamos entre las manos un enorme lirio blanco casi más grande que nosotras, que depositábamos en el altar, a los pies de la Virgen. A continuación, el sacerdote nos imponía una medallita que nos acreditaba como Hijas de María, y he de hacer notar aquí que ésta no era una condición elegida, puesto que nadie nos preguntó nunca si nos interesaba o no participar en aquel sarao.
Ser Hija de María marcaba una diferencia importante con respecto a los niños de los Maristas, que eran Soldados del Señor. Reforzaba la idea de que estabas condenada, por nacimiento, a una frustrante inactividad. Una empezaba siendo una niña que no podía subirse a los árboles, y acabaría por convertirse en una mujercita buena y sumisa que nunca diría una palabra más alta que la otra.
Al fin y al cabo, jesús había cogido sus bártulos y se había marchado a correr mundo, recopilando discípulos aquí y allá, multiplicando panes y peces, resucitando a muertos, sanando enfermos, caminando por las aguas, convirtiendo a centuriones y animando banquetes. Pero la Virgen ¿qué había hecho la Virgen con su vida? La Virgen, por mucha Madre de Dios que fuera, no era sino un personaje secundario de las Sagradas Escrituras que aparecía en las ilustraciones del catecismo inmóvil y resignada sobre su nube, las palmas de las manos juntas a la altura del pecho; y con cierta cara de paciente aburrimiento. Incluso sus milagros parecían de segunda categoría. El Vaticano tardaba lustros en reconocer aquellas apariciones.
