
Desgraciadamente, Delia Johnson, la nueva directora del banco, les había enviado una nota para que se pasaran por su despacho. Y no podía ser para darles una buena noticia.
Y era esa preocupación lo que la tenía tan nerviosa aquella mañana.
Iba a tener que hacer lo imposible por «venderle» su negocio, por convencer a la señora Johnson de que el banco tenía mucho que ganar si los ayudaba a montar un puesto en la feria de flores más importante del país.
– No te preocupes -intentó tranquilizarla su padre-, todo saldrá bien. Puede que hayas heredado mi talento para la horticultura y la belleza de tu madre pero, afortunadamente, no has heredado nuestra mala cabeza para los negocios. Estás preciosa, además.
Fleur sabía bien cuál era su aspecto y no podía hacer nada. Sin tiempo ni dinero para ir a la peluquería o para comprar cosméticos caros, el parecido con su madre era menos evidente de lo que podría ser. Además, había tenido que aprender el negocio a toda prisa cuando no tuvo más remedio. Y seguían con el agua al cuello.
Había sido imposible recuperarse de ese año en el que su mundo, el mundo de todos en su familia, se había derrumbado por completo.
La falta de interés de su padre por la parte administrativa de la empresa y el descubrimiento de que su madre se había gastado casi todo lo que tenían en el banco los había dejado nadando contra corriente.
Su pobre padre se limitaba a decir lo que creía que ella quería oír, para animarla, pero no podía hacer mucho más.
En aquel momento estaba mirando de nuevo el correo y Fleur vio un sobre que, con las prisas, le había pasado desapercibido. Y se le encogió el corazón al ver el membrete de la empresa Hanovers.
