
– ¿Es que no piensan rendirse nunca? -exclamó.
Cualquier otro día se habría limitado a tirarlo a la basura sin abrirlo siquiera, protegiendo a su padre del odio de una mujer cuya única ambición parecía ser intentar arruinarlos. Echarlos del pueblo, del país si fuera posible.
– Le vendería la finca a cualquier constructor antes que permitir que se la quedara Katherine Hanover.
– Con Katherine en el Ayuntamiento, nadie conseguirá un permiso para construir en esta finca -contestó su padre con toda tranquilidad.
Nunca se enfadaba, nunca se ponía furioso. A Fleur le gustaría que gritase, que expresara sus verdaderos sentimientos, pero él nunca diría nada malo de Katherine Hanover. Y si seguía sintiendo pena por ella, sus sentimientos estaban muy equivocados.
– Porque la quiere para ella sola -dijo Fleur, con amargura.
Dentro de la finca había un viejo granero que no había sido usado más que como almacén durante años. Era muy grande, perfecto para convertirlo en una de esas casas que salen en las revistas. Y venderlo resolvería muchos de sus problemas.
Pero la concejalía de obras del Ayuntamiento, dirigida por Katherine Hanover, había decidido que era un edificio histórico, de modo que no podían venderlo. Además, los habían advertido que si dejaban que se hundiera les pondrían una multa.
– Quizá debería meterme en política -suspiró Fleur-. Así al menos podría cancelar el voto negativo de los Hanover.
– Pues tendrías que hacerlo en tu tiempo libre -dijo su padre.
– Sí, claro. Podría dejar de planchar -bromeó Fleur-. Sería un auténtico sacrificio, pero lo haría con gusto.
– Así me gusta -sonrió Seth Gilbert-. Pensé que estabas flaqueando.
– ¿Quién, yo? Nunca.
Su padre volvió a mirar la carta de Katherine Hanover y la sonrisa desapareció de su rostro, como si se hubiera quedado sin fuerzas. Su salud se había desgastado por las continuas traiciones, por el dolor, por los problemas económicos… dándole razones a Fleur, si necesitaba alguna más, para odiar a los Hanover con toda su alma.
