
Y ya puesta en esa tesitura, incluso buscaba más de una razón que justificara la permanencia del florero, y efectivamente se me ocurría más de una, pero para qué enumerarlas, qué inutilidad enumerarlas. Lo único cierto era que el florero estaba allí, aunque también podía estar en una ventana abierta de Montevideo o sobre el escritorio de mi padre, que murió hace tanto tiempo que ya casi lo he olvidado, en la antigua casa de mi padre, el doctor Lacouture, una casa y un escritorio sobre los que caen ya mismo los pilares del olvido.
Así que lo único cierto es que yo frecuentaba la casa de León Felipe y la casa de Pedro Garfias y que los ayudaba en lo que podía, quitándoles el polvo a los libros y barriendo el suelo, por ejemplo, y que cuando ellos protestaban yo les decía déjenme tranquila, ustedes escriban y déjenme a mí ocuparme de la intendencia, y que entonces León Felipe se reía y don Pedro no se reía, Pedrito Garfias, qué melancólico, él no se reía, él me miraba con sus ojos como de lago al atardecer, esos lagos que están en medio del monte y que nadie visita, esos lagos tristísimos y apacibles, tan apacibles que no parecen de este mundo, y decía no te molestes, Auxilio, o gracias, Auxilio, y no decía nada más. Qué hombre más divino. Qué hombre más íntegro. Se quedaba de pie, inmóvil, y me daba las gracias.
