
Eso era todo y con eso a mí me bastaba. Porque yo me conformo con poco. Eso salta a la vista. León Felipe me decía bonita, me decía eres una chica impagable, Auxilio, y trataba de ayudarme con unos cuantos pesos, pero yo generalmente cuando él me ofrecía dinero ponía el grito en el cielo (literalmente), yo esto lo hago por gusto, León Felipe, le decía, yo esto lo hago asaeteada por la admiración. Y León Felipe se quedaba un ratito pensando en mi adjetivo y yo entonces volvía a poner sobre su mesa el dinero que me había dado y seguía con mi trabajo. Yo cantaba. Yo cuando trabajaba cantaba y no me importaba que el trabajo fuera gratis o pagado. De hecho, creo que prefería que el trabajo fuera gratis (aunque no voy a ser tan hipócrita como para decir que no era feliz cuando me pagaban). Pero con ellos prefería que fuera gratis. Con ellos yo hubiera pagado de mi propio bolsillo para moverme entre sus libros y entre sus papeles con total libertad. Y lo que solía recibir (y aceptar) eran regalos. León Felipe me regalaba figuritas mexicanas de barro que yo no sé de dónde las sacaba porque en su casa tampoco es que tuviera muchas. Yo creo que las compraba especialmente para mí. Qué tristeza de figuritas. Eran tan bonitas. Chiquititas y bonitas. Allí no se escondía la puerta del infierno ni del cielo, sólo eran figuritas que hacían los indios y que luego vendían a los intermediarios que iban a Oaxaca a comprarlas y que éstos revendían, mucho más caras, en los mercados o en puestos callejeros del DF. Don Pedro Garfias, en cambio, me regalaba libros, libros de filosofía. Ahora mismo recuerdo uno de José Gaos, que intenté leer pero que no me gustó. José Gaos también era español y también murió en México. Pobre José Gaos, tendría que haberme esforzado más. ¿Cuándo murió Gaos? Creo que en 1968, como León Felipe, o no, en 1969, y entonces hasta es posible que muriera de tristeza. Pedrito Garfias murió en 1967, en Monterrey. León Felipe murió en 1968. Las figuritas que León Felipe me regaló las fui perdiendo una detrás de otra. Ahora deben de estar en estanterías de casas sólidas o de cuartos de azotea de la colonia Nápoles o de la colonia Roma o de la colonia Hipódromo-Condesa. Las que no se rompieron. Las que se rompieron deben de ser parte del polvo del DF. Los libros de Pedro Garfias también los perdí. Los de filosofía, los primeros, y los de poesía, fatalmente, también.