A veces me da por pensar que tanto mis libros como mis figuritas de alguna manera me acompañan.

¿Pero cómo me pueden acompañar?, me pregunto. ¿Flotan a mí alrededor? ¿Flotan sobre mi cabeza? ¿Los libros y las figuritas que fui perdiendo se han convertido en el aire del DF? ¿Se han convertido en la ceniza que recorre esta ciudad de norte a sur y de este a oeste? Puede ser. La noche oscura del alma avanza por las calles del DF barriéndolo todo. Ya apenas se escuchan canciones, aquí, en donde antes todo era una canción. La nube de polvo lo pulveriza todo. Primero a los poetas, luego los amores, y luego, cuando parece que está saciada y que se pierde, la nube vuelve y se instala en lo más alto de tu ciudad o de tu mente y te dice con gestos misteriosos que no piensa moverse.

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Como les iba diciendo, yo frecuentaba a León Felipe y a Pedro Garfias sin deslealtades ni pausas, sin agobiarlos mostrándoles mis poemas ni contándoles mis penas, y sí tratando de ser útil, pero también hacía otras cosas.

Yo tenía mi vida privada. Tenía otra vida aparte de buscar el calor de esos prohombres de las letras castellanas. Tenía otras necesidades. Hacía trabajos. Trataba de hacer trabajos. Me movía y me desesperaba. Porque vivir en el DF es fácil, como todo el mundo sabe o cree o se imagina, pero es fácil sólo si tienes algo de dinero o una beca o una familia o por lo menos un raquítico laburo ocasional y yo no tenía nada, el largo viaje hasta llegar a la región más transparente me había vaciado de muchas cosas, entre ellas de la energía necesaria para trabajar en según qué cosas.



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