
– Yo me ofrezco a empezar la campaña -dijo Cruzada.
– ¿Tienes un plan? -preguntó ansiosa Terrífica, siempre falta de ideas.
– Ninguno. Iré sencillamente mañana de tarde a tropezar con alguien.
– ¡Ten cuidado! -le dijo Nacaniná, con voz persuasiva-, Hay varias jaulas vacías… ¡Ah, me olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-. Hace un rato, cuando salí de allí… Hay un perro negro muy peludo… Creo que sigue el rastro de una víbora… ¡Ten cuidado!
– ¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno para mañana de noche. Si yo no puedo asistir tanto peor…
Mas la asamblea había caído en nueva sorpresa. -¿Perro que sigue nuestro rastro…? ¿Estás segura?
– Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacernos más daño que todos los hombres juntos!
– Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin mayor esfuerzo mental) poder poner en juego sus glándulas de veneno, que a la menor contracción nerviosa se escurría por el canal de los colmillos.
Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra en su distrito, y a Nacaniná, gran trepadora, se le encomendó especialmente llevar la voz de alerta a los árboles, reino preferido de las culebras.
A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las víboras, vueltas a la vida normal, se alejaron en distintas direcciones, desconocidas ya las unas para las otras, silenciosas, sombrías, mientras en el fondo de la caverna la serpiente de cascabel quedaba arrollada e inmóvil, fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil perros paralizados.
