
La instalación era evidentemente provisoria; grandes y chatos cajones alquitranados servían de bañadera a las víboras, y varias casillas y piedras amontonadas ofrecían reparo a los huéspedes de ese paraíso improvisado.
Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por encima por cinco o seis compañeras que iban a reconocer su especie.
Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora que se bañaba en una jaula cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era absolutamente desconocida para la yarará. Curiosa a su vez se acercó lentamente.
Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un silbido de estupor, mientras caía en guardia, arrollada. La gran víbora acababa de hinchar el cuello, pero monstruosamente, como jamás había visto hacerlo a nadie. Quedaba realmente extraordinaria así.
– ¿Quién eres? -murmuró Cruzada-. ¿Eres de las nuestras?
Es decir, venenosa. La otra, convencida de que no había habido intención de ataque en la aproximación de la yarará, aplastó sus dos grandes orejas.
– Sí -repuso- Pero no de aquí; de muy lejos… de la India.
– ¿Cómo te llamas?
– Hamadrías… o cobra capelo real ".
– Yo soy Cruzada.
– Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas ya… ¿Cuándo te cazaron?
– Hace un rato. No pude matar.
– Mejor hubiera sido para ti que te hubieran muerto… -Pero maté al perro.
– ¿Qué perro? ¿El de aquí?
– Sí.
La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenía una nueva sacudida: el perro lanudo que creía haber matado estaba ladrando…
– ¿Te sorprende, eh? -agregó Hamadrías-. A muchas les ha pasado lo mismo.
– Pero es que mordí en la cabeza… -contestó Cruzada, cada vez más aturdida-. ¡No me queda una gota de veneno! -concluyó. Es patrimonio de las yararás vaciar casi en una mordida sus glándulas.
– Para él es lo mismo que te hayas vaciado o no… -¿No puede morir?
