– Sí, pero no por cuenta nuestra… Está inmunizado. Pero tú no sabes lo que es esto…

– ¡Sé! -repuso vivamente Cruzada-. ¡Ñacaniná nos contó…! La cobra real la consideró entonces atentamente.

– Tú me pareces inteligente…

– ¡Tanto como tú…, por lo menos! -replicó Cruzada.

El cuello de la asiática se expandió bruscamente de nuevo, y de nuevo la yarará cayó en guardia.

Ambas víboras se miraron largo rato, y el capuchón de la cobra bajó lentamente.

– Inteligente y valiente -murmuró Hamadrías-. A ti se te puede hablar… ¿Conoces el nombre de mi especie?

– Hamadrías, supongo.

– O Naja búngaro… o Cobra capelo real. Nosotras somos respecto de la vulgar cobra capelo de la India, lo que tú respecto de una de esas coatiaritas… ¿Y sabes de qué nos alimentamos?

– No.

– De víboras americanas…, entre otras cosas -concluyó balanceando la cabeza ante Cruzada.

Esta apreció rápidamente el tamaño de la extranjera ofiófaga.

– ¿Dos metros cincuenta? -preguntó.

– Sesenta… dos sesenta, pequeña Cruzada -repuso la otra, que había seguido su mirada.

– Es un buen tamaño… Más o menos, el largo de Anaconda, una prima mía. ¿Sabes de qué se alimenta?

– -Supongo…

– Sí, de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías.

– ¡Bien contestado! -repuso ésta, balanceándose de nuevo. Y después de refrescarse la cabeza en el agua, agregó perezosamente:

– ¿Prima tuya, dijiste?

– Sí.

– ¿Sin veneno, entonces?

– Así es… Y por esto justamente tiene gran debilidad por las extranjeras venenosas.

Pero la asiática no la escuchaba ya, absorta en sus pensamientos.

– ¡Oyeme! -dijo de pronto-. ¡Estoy harta de hombres, perros, caballos y de todo este infierno de estupidez y crueldad! Tú me puedes entender, porque lo que es ésas… Llevo año y medio encerrada en una jaula como si fuera una rata, maltratada, torturada periódicamente. Y, lo que es peor, despreciada, manejada como un trapo por viles hombres… Y yo, que tengo valor, fuerza y veneno suficiente para concluir con todos ellos, estoy condenada a entregar mi veneno para la preparación de sueros antivenenosos. ¡No te puedes dar cuenta de lo que esto supone para mi orgullo! ¿Me entiendes? -concluyó mirando en los ojos a la yarará.



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