– Lamento lo que pasa… Pero quisiera solamente recordar esto: si entre todas nosotras pretendiéramos vencer a una culebra, no lo conseguiríamos. Nada más quiero decir.

– Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente Urutú Dorado, desde el fondo del antro-, creo que yo sola me encargaría de desengañarlas…

No se trata de veneno replicó desdeñosamente Cruzada-. Yo también me bastaría… agregó con una mirada de reojo a la yararacusú. Se trata de su fuerza, de su destreza, de su nerviosidad, como quiera llamársele. Cualidades de lucha que nadie pretenderá negar a nuestras primas. Insisto en que en una campaña como la que queremos emprender las serpientes nos serán de gran utilidad; más: de imprescindible necesidad.

Pero la proposición desagradaba siempre:

– ¿Por qué las culebras? -exclamó Atroz- Son despreciables. Tienen ojos de pescado agregó la presuntuosa Coatiarita.

– ¡Me dan asco! protestó desdeñosamente Lanceolada.

– Tal vez sea otra cosa lo que te dan… -murmuró Cruzada mirándola de reojo.

– ¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que haces mala figura aquí, defendiendo a esos gusanos corredores!

Si te oyen las Cazadoras…" murmuró irónicamente Cruzada. Pero al oír este nombre, Cazadoras, la asamblea entera se agitó.

¡No hay para qué decir eso! gritaron-. ¡Ellas son culebras, y nada más!

¡Ellas se llaman a sí mismas las Cazadoras! -replicó secamente Cruzada-. Y estamos en Congreso.

También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras la rivalidad particular de las dos yararás: Lanceolada, hija del extremo norte, y Cruzada, cuyo hábitat se extiende más al sur. Cuestión de coquetería en punto a belleza, según las culebras.

– ¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica- Que Cruzada explique para qué quiere la ayuda de las culebras, siendo así que no representan la Muerte como nosotras.

– ¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma- Es indispensable saber qué hace el Hombre en la casa; y para ello se precisa ir hasta allá, a la casa misma.



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