
La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea entera asintió, aunque con un resto de desagrado.
– ¿Quién va a buscarla? -preguntaron varias voces. Cruzada desprendió la cola de un tronco y se deslizó afuera. ¡Voy yo! -dijo- En seguida vuelvo.
– ¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su protectora la hallarás en seguida!
Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y le sacó la lengua, reto a largo plazo.
III
Cruzada halló a la Nacaniná " cuando ésta trepaba a un árbol. -¡Eh, Nacaniná! -llamó con un leve silbido.
La Nancaniná oyó su nombre; pero se abstuvo prudentemente de contestar hasta nueva llamada.
– ¡Nacaniná! -repitió Cruzada, levantando medio tono su silbido. -¿Quién me llama? respondió la culebra.
– ¡Soy yo, Cruzada!
– ¡Ah, la prima…! ¿Qué quieres, prima adorada?
– No se trata de bromas, Nacaniná… ¿Sabes lo que pasa en la Casa? -Sí, que ha llegado el Hombre… ¿Qué más?
Y, ¿sabes que estamos en Congreso?
¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Nacaniná, deslizándose cabeza abajo contra el árbol, con tanta seguridad como si marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave debe pasar para eso… ¿Qué ocurre?
– Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso precisamente para evitar que nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay varios hombres en la Casa, y que se van a quedar definitivamente. Es la Muerte para nosotras.
