
Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas… ¡No se cansan de repetirlo! -murmuró irónicamente la culebra.
¡Dejemos esto! Necesitamos de tu ayuda, Ñacaniná. ¿Para qué? ¡Yo no tengo nada que ver aquí!
¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a nosotras, las Venenosas. Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos.
– ¡Comprendo! -repuso la Ñacaniná después de un momento en el que valoró la suma de contingencias desfavorables para ella por aquella semejanza.
– Bueno: ¿contamos contigo?
– ¿Qué debo hacer?
– Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de modo que veas y oigas lo que pasa.
– ¡No es mucho, no! -repuso negligentemente Ñacaniná, restregando la cabeza contra el tronco-. Pero es el caso agregó- que allá arriba tengo la cena segura… Una pava del monte a la que desde anteayer se le ha puesto en el copete anidar allí…
– Tal vez allá encuentres algo que comer -1a consoló suavemente Cruzada. Su prima la miró de reojo.
– Bueno, en marcha -reanudó la yarará-. Pasemos primero por el Congreso.
– ¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a ustedes el favor, y en paz! Iré al Congreso cuando vuelva… si vuelvo. Pero ver antes de tiempo la cáscara rugosa de Terrífica, los ojos de matón de Lanceolada y la cara estúpida de Coralina". ¡Eso, no!
– No está Coralina.
– ¡No importa! Con el resto tengo bastante.
– ¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer hincapié-.Pero si no disminuyes un poco la marcha, no te sigo.
En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar el deslizar -casi lento para ella- de la Nacaniná.
– Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la culebra. Y se lanzó a toda velocidad, dejando en un segundo atrás a su prima Venenosa.
