El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida, porque contaba con dos animales -un caballo y una mula- ya en vías de completa inmunización. Habíase logrado organizar el laboratorio y el serpentario. Este último prometía enriquecerse de un modo asombroso, por más que el Instituto hubiera llevado consigo no pocas serpientes venenosas, las mismas que servían para inmunizar a los animales citados.

Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en su último grado de inmunización, necesita seis gramos de veneno en cada inyección (cantidad suficiente para matar doscientos cincuenta caballos), se comprenderá que deba ser muy grande el número de víboras en disponibilidad que requiere un Instituto del género.

Los días, duros al principio, de una instalación en la selva, mantenían al personal superior del Instituto en vela hasta medianoche, entre planes de laboratorio y demás.

Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes negros, y que parecía ser el jefe del Instituto.

– Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena recolección en estos días…

La Nacaniná, inmóvil sobre el tirante, ojos y oídos alerta, comenzaba a tranquilizarse.

– Me parece se dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto magnífico. De estos hombres no hay gran cosa que temer… Y avanzando más la cabeza, a tal punto que su nariz pasaba ya la línea del tirante, observó con más atención.

Pero un contratiempo evoca otro.

– Hemos tenido hoy un día malo agregó alguno-. Cinco tubos de ensayo se han roto…

La Nacaniná sentíase cada vez más inclinada a la compasión. -¡Pobre gente! murmuró-. Se les han roto cinco tubos…



9 из 157