
Y se disponía a abandonar su escondite para explorar aquella inocente casa, cuando oyó:
– En cambio, las víboras están magníficas… Parece sentarles el país.
– ¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con la lengua-. ¿Qué dice ese pelado de traje blanco?
Pero el hombre proseguía:
– Para ellas, sí, el lugar me parece ideal… Y las necesitamos urgentemente, los caballos y nosotros.
– Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras en este país. No hay duda de que es el país de las víboras.
– Hum…, hum…, hum… -murmuró Nacaniná, arrollándose en el tirante cuanto le fue posible-. Las cosas comienzan a ser un poco distintas… Hay que quedar un poco más con esta buena gente… Se aprenden cosas curiosas.
Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media hora, quiso retirarse, el exceso de sabiduría adquirida le hizo hacer un falso movimiento, y la tercera parte de su cuerpo cayó, golpeando la pared de tablas. Como había caído de cabeza, en un instante la tuvo enderezada hacia la mesa, la lengua vibrante.
La Nacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es valiente, con seguridad la más valiente de nuestras serpientes. Resiste un ataque serio del hombre, que es inmensamente mayor que ella, y hace frente siempre. Como su propio coraje le hace creer que es muy temida, la nuestra se sorprendió un poco al ver que los hombres, enterados de que se trataba de una simple ñacaniná, se echaron a reír tranquilos.
Es una ñacaniná… Mejor; así nos limpiará la casa de ratas.
¿Ratas?… -silbó la otra. Y como continuaba provocativa, un hombre se levantó al fin.
– Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho… Una de estas noches la voy a encontrar buscando ratones dentro de mi cama…
Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Nacaniná a todo vuelo. El palo pasó silbando junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con terrible estruendo la pared.
