En cambio, los filmes que le gustan a David son tan deprimentes… No tristes, sino simplemente deprimentes.

Traté de decírselo cuando me anunció que iba a llevarme a ver una película que se acababa de estrenar en el Savoy. La palabra que usé no fue «deprimente», sino «sórdida».

– La gran literatura y el verdadero cine no pueden ser sórdidos -dijo él.

Le propuse que se dedicara él a atormentar su alma en el Savoy, porque yo pensaba ir al Prince Edward a ver un western. Puso esa cara que, por experiencia, ya sé que precede a una de sus peroratas, una mezcla de sermón y arenga, y al final acabé cediendo y lo acompañé al Savoy a ver Gervaise, basada en una novela de Zola, según me explicó cuando salimos. Me sentí como una bayeta escurrida, lo cual bien mirado tampoco es una mala comparación. Todo ocurría en una versión victoriana de una gigantesca lavandería. La protagonista era muy joven y guapa, pero no había un solo hombre que valiera la pena, eran todos gordos y encima calvos. Me parece que David podría terminar siendo calvo, porque su pelo no es tan tupido como cuando lo conocí.

David insistió en llevarme a casa en taxi, pese a que yo habría preferido caminar a paso rápido hasta el Quay y tomar el autobús. Siempre me hace bajar del taxi en la esquina de casa, luego me acompaña por el callejón y allí, en la oscuridad, me pone las manos en la cintura y me roza los labios con tres besos tan castos que ni siquiera el mismísimo Papa los consideraría pecaminosos. Después, se queda esperando, para asegurarse de que entro en casa sana y salva, y luego recorre a pie las cuatro calles que lo separan de su casa.



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