
Un refugio de maleantes, dice la abuela, donde reina el vicio. No sé muy bien qué es el vicio, aparte del alcoholismo y la prostitución. Ambas actividades abundan en Kings Cross, a juzgar por lo que dice el reverendo Alan Walker; claro que él es metodista, muy severo y estricto. Kings Cross es el sitio en el que vive la bruja Rosaleen Norton, esa mujer que aparece siempre en los periódicos porque pinta cuadros obscenos. ¿Qué es un cuadro obsceno? ¿Gente copulando? Se lo pregunté a Pappy, pero ella sólo me contestó que la obscenidad está en los ojos del que mira. Pappy es muy culta, lee a Schopenhauer, a Jung, a Bertrand Russell y todos ésos, aunque me dijo que Freud no la convencía. Le pregunté por qué no había ido a la Universidad de Sydney, y me dijo que nunca había cursado estudios reglados. Su madre era australiana, su padre un chino de Singapur, y durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron muchos problemas. Su padre murió y su madre enloqueció después de pasarse cuatro años encerrada en el campo de prisioneros de Changi… ¡Qué dura es la vida de algunas personas! Y yo aquí, sin nada de que quejarme, salvo de David y el orinal. Nacida y educada en Bronte.
Pappy dice que David es un auténtico amasijo de represiones, según ella debido a su educación católica. Más aún, tiene un término para designar a todos los David de este mundo: «estudiantes católicos estreñidos». Pero a mí no me apetecía hablar de él, más bien quería saber cómo es la vida en Kings Cross. «Como en cualquier otro lado», dice ella. Pero yo no la creo; es un sitio con muy mala fama. ¡Me muero de curiosidad por conocerlo!
Miércoles, 6 de enero de 1960
Otra vez David. ¿Por qué no le entra en la cabeza que una persona que trabaja en un hospital no quiere ver una ampulosa monstruosidad, como puede ser un filme europeo? Puede que esté bien para él, siempre encerrado en su pequeño mundo estéril y aséptico donde lo más interesante que puede suceder es que a un maldito ratón le aparezca un maldito tumor, pero en mi trabajo la gente sufre, ¡y a veces hasta se muere! Estoy inmersa en una realidad horripilante… ¡Lloro bastante, y estoy bastante deprimida! Así que cuando voy al cine me apetece reírme, o al menos lloriquear un poco cuando Deborah Kerr, postrada en una silla de ruedas, renuncia abnegadamente al amor de su vida.