
Supongo que tantos años leyendo novelas policíacas han aguzado mi capacidad de deducción, porque después de una espantosa noche escuchando el chillido incesante de una cacatúa y los aullidos de una jauría de perros, caí en la cuenta de dos cosas. Primero, las cacatúas son lo bastante listas como para distinguir un platito con conejitos saltarines pintados en el borde de un plato verde repugnante. Segundo, Willie es alcohólico. Cuando vio el nuevo platito, concluyó que habían decidido dejar de darle su avena con brandy y se enfadó; de ahí el jaleo que armó.
Por fin esta tarde, cuando llegué a casa de regreso del trabajo, se había restablecido la paz. Había tomado un taxi a la hora del almuerzo para ir a comprar un platito nuevo decorado con conejos. También tuve que comprar la taza, ¡me gasté dos libras y inedia! Pero, aunque sean mis hermanos mayores, Gavin y Peter son buenos escultistas y cada uno de ellos contribuyó con un tercio del gasto; así que no ha sido para tanto. Vaya tontería! ¿no? Pero mamá está enamorada de ese pájaro chiflado.
Sábado, 9 de enero de 1960
Kings Cross no ha sido una decepción, ni mucho menos. Me bajé del autobús en la parada anterior a Taylor Square y caminé hasta la casa de Pappy siguiendo las instrucciones que ella me dio.
