– Vamos a la charca, que es más segura -dijo.

– Claro, para que nos tumben los niños. ¡No! -gruñí yo, lanzándome ya a la pelea. Aunque «pelea» no es la palabra adecuada. Yo chillo y chillo sin parar, David se limita a mirarme con condescendencia y ni siquiera se inmuta. Pero la pelea de hoy ha sido especial. Por fin tuve agallas para hacerle saber que estaba harta de mi virginidad-. Hagamos el amor -le dije.

– No seas tonta -replicó él, impasible.

– ¡No soy tonta! ¡Todas las chicas que conozco lo han hecho, menos yo! Maldita sea, David, tengo veintiún años y aquí estoy, ¡saliendo con un tío que ni siquiera me da un beso con lengua!

Él me palmeó cariñosamente un hombro y se sentó sobre su toalla.

– Harriet -anunció, con esa voz engolada y por demás refinada de los chicos que van a colegios católicos-, es hora de que fijemos la fecha de nuestra boda. Me he doctorado, la CSIRO me ha ofrecido mi propio laboratorio y una beca de investigación, hemos sido novios durante cuatro años y nos comprometimos hace uno. Acostarse con alguien sin estar casados es pecado.

¡Grrr!

– Mamá, ¡quiero romper mi compromiso con David! -anuncié cuando llegué a casa sin haber podido estrenar mi bañador nuevo.

– Entonces tendrías que decírselo, querida -me respondió ella.

– ¿Alguna vez has intentado decirle a David Murchison que ya no quieres casarte con él? -pregunté yo.

Mamá soltó una risita un poco estúpida.

– Claro que no. Yo ya estoy casada.

¡Oh! ¡Cuánto odio a mamá cuando se burla de mí!

Pero no me amilané.

– El problema es que yo tenía sólo dieciséis años cuando lo conocí, diecisiete cuando empezamos a salir juntos, y por aquel entonces me parecía fantástico tener un novio intachable. Pero, mamá, ¡es tan anticuado…! Las cosas han cambiado, ahora puedo decidir por mí misma, ¡y él me trata exactamente igual que cuando tenía diecisiete años! Me siento como una mosca atrapada en una telaraña.



2 из 300