
Mamá es buena persona, así que no se puso a sermonearme, pero me pareció que estaba un poco preocupada.
– Si no quieres casarte con él, Harriet, nadie puede obligarte a hacerlo. Pero es un muy buen partido, cariño. Es guapo, tiene buena planta, ¡y un futuro muy prometedor! Piensa en lo que les ha ocurrido a todas tus amigas, sobre todo a Merle. Empiezan a salir con muchachos que no son tan maduros y sensatos como David, y luego no les va bien. Fracasan. David no puede despegarse de ti, ni ahora ni nunca.
– Lo sé -replique de mala gana-. Merle no deja de chincharme con lo de David. Que si él es divino, que si yo no sé lo afortunada que soy…, todas esas cosas. Pero, sinceramente, ¡David es un plasta! Llevo saliendo tanto tiempo con él que todos los demás chicos que conozco creen que estoy realmente enamorada. ¡Maldita sea! Así nunca tendré la oportunidad de averiguar cómo es el resto del mundo masculino.
En realidad, ella ya no me escuchaba. A mis padres les encanta David. Les cayó bien desde el principio. Si al menos hubiera tenido una hermana, o no me llevara tantos años con mis hermanos… ¡Es duro ser un accidente, y encima del sexo equivocado! Quiero decir, están Gavin y Peter, que con treinta y tantos tacos siguen viviendo en casa, follándose a cientos de mujeres sobre la colchoneta que llevan en la parte de atrás de su furgoneta, trabajando con papá en nuestra tienda de artículos deportivos y jugando al criquet en su tiempo libre… ¡Dándose la gran vida! En cambio yo tengo que compartir habitación con la abuela, que mea en un orinal para después vaciarlo en el césped, al fondo del jardín. Apesta que da gusto.
«No sé de qué te quejas, Roger; al menos no lo tiro junto al tendedero de los vecinos», contesta siempre que papá la riñe.
¡Menuda idea la de escribir este diario! He tenido que ir a bastantes psiquiatras, excéntricos y maravillosos, para darme cuenta de que existe un «medio para expresar mis frustraciones y represiones». Fue Merle quien me sugirió que escribiera un diario… Sospecho que siempre que viene de visita le gustaría husmear en él, pero ni hablar. Voy a esconderlo en el zócalo que está debajo de la cama de la abuela, justo delante de donde ella coloca el orinal.
