A juzgar por la cantidad de gente con la que me crucé, habrá como diez mil empleados. Las enfermeras están envueltas en tal cantidad de capas de almidón que parecen paquetes verdes y blancos. Las pobres tienen que llevar medias gruesas de algodón de color marrón y zapatos planos con cordones, también marrones. Ni Marilyn Monroe parecería atractiva con esas medias tétricas y ese calzado sin tacones. Las cofias parecen dos palomas blancas entrelazadas, llevan puños y cuellos de celuloide, y el dobladillo de la falda les tapa media pantorrilla. Las enfermeras monjas tienen el mismo aspecto, sólo que no llevan delantales; aunque lucen unos ostentosos tocados de tul a lo egipcio, llevan medias de nailon, y sus zapatos de cordones tienen un tacón de cinco centímetros de alto.

En fin, siempre he sabido que no tengo paciencia para acatar toda esa disciplina estricta y absurda, del mismo modo que no tenía paciencia para soportar el mal trato de los estudiantes universitarios preocupados por proteger el territorio masculino. Nosotras, las técnicas, sólo podemos llevar un uniforme blanco abotonado por delante de arriba abajo y que llega hasta debajo de las rodillas, medias de nailon y mocasines de tacón bajo.

Debe de haber unas cien fisioterapeutas. ¡Odio a las fisioterapeutas! A ver, ¿qué son las fisioterapeutas, sino masajistas glorificadas? Pero, vaya, ¡qué importantes se sienten! ¡Hasta se almidonan los uniformes voluntariamente! Y todas tienen ese aire de superioridad y ese aspecto de agresivas y dinámicas jugadoras de hockey, cuando se pavonean a paso rápido yendo y viniendo como si fueran oficiales del ejército, sin dejar de mostrar su dentadura caballuna al decir cosas como «¡Hace un día genial!» y «¡Superguay!».



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