
Por suerte salí de casa con tiempo suficiente para darme ese paseíto de quince minutos y llegar a tiempo al despacho de la hermana Toppingham. ¡Menuda fiera! Pappy dice que todo el mundo la llama Hermana Agatha, así que yo también lo haré… a sus espaldas, claro. Es más vieja que Matusalén y en un pasado remoto fue monja enfermera. Todavía usa el almidonado tocado egipcio con velo de las enfermeras cualificadas. Parece una pera, y hasta su forma de hablar me recuerda a una pera. «Terrriible, terrriible», dice. Tiene los ojos de un azul muy pálido, fríos como una mañana de invierno, y me miraron como si yo fuera sólo una mancha en la ventana.
– Señorita Purcell, comenzará en la sección de tórax. Al principio se le encargarán radiografías pulmonares más bien fáciles, ¿me comprende? Prefiero que todo el personal nuevo pase por un período de orientación con pocas complicaciones. Más adelante ya veremos qué puede hacer realmente, ¿de acuerdo? ¡Estupendo, estupendo!
¿Está loca? ¡Menudo desafío! «Tórax.» Ordenarles que se apoyen bien y que contengan la respiración. Cuando la Hermana Agatha dijo «Tórax» se refería a los pacientes de consultas externas, no a los internos de gravedad. Las que hacemos radiografías rutinarias de tórax somos tres, dos aprendizas experimentadas y yo. Pero los cuartos oscuros están muy solicitados y tenemos que apresurarnos con nuestras placas; de manera que cualquiera que se tome más de nueve minutos se expone a que lo apremien a grito pelado.
En esta sección trabajan sólo mujeres, lo cual me asombra. ¡Algo excepcional! Las técnicas en radiología perciben el mismo salario que sus colegas varones, así que los hombres se vuelcan en tropel a la radiología como especialidad médica. Sin embargo, en Ryde casi todos los empleados de esta sección eran varones. Supongo que la diferencia en Queens es que está la Hermana Agatha; por lo tanto, no puede ser tan mala.
