
Amanda se dio cuenta de que el nombre de la madre figuraba en la puerta. Barakel. «Me pregunto de dónde vendrá este nombre», siguió pensando. No había timbre. Llamó fuerte con la mano, pero dentro no se oía ningún ruido. Amanda intentó mirar por la ventana que había al lado de la puerta, pero no le dio tiempo de ver nada a través de la rendija que había entre las cortinas, ya que, de pronto, la puerta se abrió y Nova se la quedó mirando.
Había algo diferente en ella. La última vez que se vieron, Amanda se preguntó por qué ocultaba su belleza detrás de un maquillaje grueso y oscuro, botas enormes y aros en la nariz. Ahora no llevaba maquillaje e iba vestida con un mono de trabajo de color naranja. Sin embargo, tenía los mismos pómulos altos y unos ojos de color azul intenso por los que muchas mujeres pagarían un alto precio. Tenía la cara hinchada y se la veía cansada, como si acabara de despertarse. Amanda se esforzaba en no mirarle una blanca cicatriz que le iba de un lado a otro del cuello. Seguramente, Nova solía maquillarla, porque Amanda no se la había visto antes.
Un ácido olor a sudor alcanzó las fosas nasales de Amanda. El estómago reaccionó inmediatamente y lo poco que le quedaba dentro intentó salir afuera.
– ¿Puedo ir al lavabo? -se vio obligada a preguntar.
– En serio -respondió Nova, escéptica-, ¿llamas a mi casa para ir al lavabo?
– No, pero me harías un favor si me dejaras utilizarlo. Ahora.
Nova pareció dudar. Miró hacia el recibidor y después a Amanda. Se encogió de hombros y se hizo a un lado. Amanda entró de prisa en la casa pisando el suelo lleno de cristales, papeles y marcos rotos. «A Nova tienen que haberle entrado a robar», le dio tiempo de pensar antes de entrar corriendo en el baño.
