
La hija de aquella mujer se había opuesto violentamente a la teoría de que su madre se hubiera dormido y, más aún, a que se hubiera suicidado. «Probablemente porque la hija no soporta la idea de que su madre haya provocado la muerte de otra persona», pensó Amanda. Pero no había signos de que hubiera ocurrido otra cosa. El forense no pudo hacer más que identificar el cuerpo destrozado a partir de los datos que había aportado la hija: una marca de nacimiento en forma de espárrago en el muslo, un tatuaje borrado en el brazo y el incisivo roto pero arreglado. Era innecesario que ningún familiar viera el cuerpo en el estado en que se encontraba. El forense también había constatado que la madre no iba bebida ni había ingerido veneno. La investigación de los restos del coche tampoco dio resultado alguno. El veinte por ciento de los accidentes en carretera se producen por cansancio, así que no se trataba en absoluto de una suposición sin fundamento ya que el choque había ocurrido larde por la noche, después de un largo día de trabajo.
Pero para un pariente cercano no debía de ser fácil asimilarlo.
Los pasajes de Gamla stan eran un caos completo de calles de una sola dirección. Amanda buscaba en su cabeza la calle donde vivía la hija de aquella mujer. El malestar volvía a hacerse presente y le bloqueaba el contacto entre las neuronas. Aquello la obligó a que el pequeño coche diera tres vueltas de más por la isla antes de que Amanda encontrara la casa y aparcara en la esquina, sobre la acera. La calle Präst era demasiado estrecha para parar sin que quedara bloqueada totalmente, y una señora con un carrito a cuadros escoceses protestó irritada. Amanda murmuró algo sobre un asunto policial y la señora se ablandó y se hizo a un lado; no quería interrumpirle el paso a la autoridad.
