Aunque su casa reclamaba a gritos una capa de pintura, no estaba al borde de la ruina. Los escalones frontales de cemento y el tejado habían sido remozados el mismo año que yo me había mudado a mi piso de cooperativa. Nunca había visto ninguna otra señal de obras en su casa y suponía vagamente que tendría algún hijo en alguna parte que se haría cargo de los problemas más acuciantes. Por lo visto, el jardín no entraba en esa categoría. Nadie cortaba en verano el tupido césped infestado de malas hierbas, y, al parecer, a la señora Frizell no le preocupaban las latas y cajetillas vacías que la gente tiraba por encima de la cerca.

Ese jardín era un punto negro para el comité local de desarrollo de la manzana, o comoquiera que se hiciesen llamar mis advenedizos vecinos. Tampoco les gustaban mucho los perros. El labrador era el único de raza; los otros cuatro eran perros callejeros cuyo tamaño se escalonaba desde el de un blanco grisáceo enorme, una réplica de Benji, hasta algo que parecía un pompón gris con patas. Los animales estaban supuestamente encerrados tras la cerca, salvo cuando la señora Frizell los sacaba con una maraña de correas, dos veces al día, pero el labrador en particular iba y venía a su antojo. Había saltado por encima de la cerca de algo más de un metro para montar a Peppy, y probablemente también a otras perras, pero la señora Frizell se resistía a creer a los indignados vecinos que se lo echaban en cara.

– Ha estado todo el día en el jardín -solía espetar. Y no sé cómo, con esa telepatía que existe entre algunos perros y sus amos, solía aparecer milagrosamente en el jardín cada vez que ella abría la puerta.



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