
– ¿Qué pasa, pequeña? ¿Vas a algún sitio? -el señor Contreras cesó un momento de remover su preparación-. Puedes irte. Puedes estar segura de que cuidaré bien de la princesa. Ocho -se sonrió a sí mismo-. Ocho, y los ha parido como una campeona. Vaya, vaya.
Al cerrar la puerta oí un horrible estruendo producido por el viejo. Ya había subido la mitad de las escaleras, cuando caí en la cuenta: estaba cantando. Creo que la canción era Oh, qué hermosa mañana.
De tiros largos
– Así que te has convertido en tocóloga -se burló Lotty Herschel-. Siempre he pensado que necesitabas una profesión adicional, algo con unos ingresos más seguros. Pero en estos tiempos no te aconsejaría la obstetricia: el seguro te abrumaría.
Le di un golpecito en la cabeza.
– Lo que pasa es que no quieres que te haga la competencia. Una mujer que alcanza la cima de su profesión no puede soportar que las jóvenes trepen detrás de ella.
Max Loewenthal frunció el ceño desde el otro lado de la mesa: era la acusación más injusta que se le podía hacer a ella. Lotty, una de las mejores especialistas en perinatología de la ciudad, siempre estaba dispuesta a tender una mano a las mujeres jóvenes. Y también a los hombres.
– ¿Y qué pasa con el padre? -Michael, el hijo de Max, se apresuró a cambiar de tema-. ¿Sabes quién es? ¿Le vas a obligar a mantener a sus hijos?
– Ésa es una buena pregunta -intervino Lotty-. Si tu Peppy es como las madres adolescentes que yo conozco, no conseguirás que el padre te pase ni pizca de su pienso. Aunque tal vez su dueño ayude.
– Lo dudo. El padre es un labrador negro que vive en nuestra misma calle. Pero no me imagino a la señora Frizell cuidando de ocho cachorros. Ella ya tiene cinco perros y no sé de dónde saca el dinero para alimentarlos.
La señora Frizell era uno de los bastiones más obstinados contra el aburguesamiento de nuestro sector de la avenida Racine. Esa octogenaria era el tipo de anciana que me aterrorizaba cuando era niña. Su escaso y alborotado pelo gris formaba alrededor de su cabeza unos enmarañados mechones de duende. En invierno y en verano llevaba el mismo atavío: un vestido de algodón descolorido e informes jerseys.
