
– ¿Te preocupan los cachorros? -Max apareció a mis espaldas mientras yo estaba sumida en mis pensamientos junto a la pila de la cocina.
– No, no exactamente. Además, viven con el señor Contreras, así que no los voy a tener de estorbo. Detesto extasiarme con ellos como él, porque tener que llevarlos aquí y allá para las vacunas y todo lo demás va a ser suficiente pesadilla. Y luego encontrarles dueño, y enseñar a los que no podamos regalar… Pero son adorables.
– ¿Quieres que ponga un anuncio en la hoja informativa del hospital? -ofreció Max. Era el director administrativo del Beth Israel, adonde Lotty enviaba a sus pacientes de perinatología.
Mientras le daba las gracias, Or' entró majestuosamente en la cocina, resplandeciente en un suave crespón color antracita que se le pegaba al cuerpo como si fuese hollín. Besó a Max en la mejilla y me tendió la mano.
– Me alegro de conocerte, Victoria. Confío en que te veremos después de la velada.
– Buena suerte -respondí-. Estoy impaciente por escuchar tu nuevo concierto.
– Sé que te impresionará, Victoria -intervino Max-. He estado escuchando los ensayos toda la semana -Michael y Or' se habían alojado en su casa en Evanston.
– Sí, eres un ángel, Max, por aguantar nuestros tacos y nuestros chirridos durante seis días. Hasta luego.
Eran sólo las seis; el concierto no empezaba hasta las ocho. Los tres que quedábamos comimos peras escalfadas con crema de almendras y nos recreamos tomando café en el claro y despejado salón de Lotty.
– Espero que Or' haya hecho algo aceptable en honor a Theresz -dijo Lotty-. Vic y yo fuimos a oír al Conjunto de Cámara Contemporáneo tocar un octeto y un trío de ella y salimos las dos con dolor de cabeza.
