– No he oído la obra entera tocada correctamente, pero creo que quedarás complacida. Ha hecho un trabajo algo doloroso en ésta, ha encarado el pasado de una forma en que muchos israelíes contemporáneos se niegan a hacerlo -Max consultó su reloj-. Creo que debo de tener también los nervios del estreno, pero me gustaría que saliéramos temprano.

Conduje yo. Max le había dejado su coche a Michael y ninguna persona en su sano juicio dejaría oficiar de chófer a Lotty. Max ocupó cortésmente el pequeño asiento trasero que ofrecía el Trans Am. Se inclinó hacia delante para hablar con Lotty por encima del respaldo, pero una vez que estuvimos en la calzada del Lago no pude oírles con el ruido del motor. Cuando giré por Monroe y me detuve en el semáforo entre la calzada Interior y la avenida Congress, pude captar retazos de la conversación. Lotty estaba furiosa por algo que tenía que ver con Carol Alvarado, su enfermera y su brazo derecho en la clínica. Max no estaba de acuerdo con ella.

Las luces cambiaron antes de que pudiese averiguar en qué consistía el problema. Bajé por Congress hacia la obra maestra de Louis Sullivan. Lotty apartó la cara de Max para amonestarme severamente por la velocidad con que había doblado la esquina. Miré a Max por el espejo retrovisor; sus labios apretados formaban una sola línea. Esperé que no estuviesen planeando una disputa de envergadura en honor de la velada. Y además, ¿qué clase de desacuerdo podían tener respecto a Carol?

En el semicírculo donde concurrían Congress y la avenida Michigan entramos en un atasco. Los coches que se dirigían al sur, hacia el estacionamiento subterráneo, se entremezclaban con los que intentaban parar junto a la entrada del teatro. Un par de agentes dirigían frenéticamente el tráfico, disuadiendo a golpes de silbato a los que intentaban parar junto al bordillo frente al Auditorio.

Me acerqué al borde de la calzada.

– Os dejaré aquí e iré a aparcar, jamás llegaremos a tiempo si intento atravesar esto.



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