Incluso antes de nuestra separación formal, Dick se había dado cuenta de que una esposa era parte importante de sus valores, y de que debió casarse con alguien con más influencia de la que jamás podría tener la hija de un poli patrullero y de una inmigrante italiana. No era el origen italiano de mi madre lo que le molestaba, sino el tufillo a miseria de los inmigrantes que se me había pegado. Lo dejó muy claro cuando empezó a aceptar invitaciones a la finca de Peter Felitti en Oak Brook, mientras yo hacía mis guardias del sábado en el tribunal de mujeres.

– Te he excusado, Vic, y además, no creo que tengas ropa adecuada para el tipo de fin de semana que están proyectando los Felitti.

Nueve meses después de nuestra sentencia firme de divorcio, él y Teri Felitti se casaron con gran alharaca de encajes y damas de honor. La relevancia financiera del padre de ella convirtió el desposorio en una noticia de primera plana, y no pude resistir leer todos los detalles. Por eso sé que entonces ella sólo tenía diecinueve años, nueve menos que él. Dick había cumplido los cuarenta el año anterior; me pregunté si a sus treinta y dos años Teri no estaría empezando a parecerle vieja.

Nunca la había visto antes, pero entendí por qué Dick la consideró un mejor ornato que yo para Crawford-Mead. En primer lugar, no estaba tendida en el suelo mientras los acomodadores cerraban las puertas de acceso a la sala; y además, no tuvo que correr, sujetándose el bajo sucio de la falda para no enganchárselo con los tacones, para poder entrar antes de que cerraran.

Ágape frenético

Volví al palco en el preciso momento en que Michael salía otra vez a escena con Or'. Al oír mi jadeo, Lotty giró hacia mí, enarcando las cejas.

– ¿Necesitabas correr una maratón en el intermedio, Vic? -murmuró amparándose en los dispersos aplausos de cortesía.

Hice un gesto de rechazo.



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