– ¡Teri! ¿Dónde te habías metido? Quería presentarte a unas personas.

La clara y autoritaria voz de barítono, con un leve deje de irritación, me propinó tal susto que perdí el equilibrio y caí delante de otra mujer recamada de diamantes. Cuando logró desenredar sus tacones de mi hombro e intercambiamos glaciales disculpas, Teri y su escolta ya habían desaparecido en el teatro.

Pero conocía esa voz: me había despertado todas las mañanas durante veinticuatro meses: seis meses de erotismo dulcemente atormentado cuando estábamos terminando Derecho y preparándonos para la abogacía, y dieciocho de simple tormento después de casarnos. Era como si, al llevar mis mejores galas de aquella extraña época, hubiese invocado su aparición.

Se llamaba Richard Yarborough. Era socio de Crawford-Mead, una de las más importantes firmas de Chicago. No sólo socio, sino notable mandamás en una empresa entre cuyos clientes se contaban dos antiguos gobernadores y la mayor parte de los dueños de las quinientas mayores fortunas de Chicago.

Yo sólo conocía esos hechos porque Dick solía recitarlos durante el desayuno con la devoción de un guía mostrando las reliquias de una catedral. Lo hubiese hecho también durante la cena, pero yo no estaba dispuesta a esperar para cenar con él hasta medianoche, cuando por fin terminaba de hacer reverencias a los prestigiosos dioses por ese día.

Eso resume en cierta forma las causas de nuestra ruptura: el que no me impresionara lo suficiente el poder y el dinero en que nadaba y su repentino deseo de que abandonase todo y me convirtiera en una esposa japonesa cuando terminamos los estudios y empezamos a trabajar.



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