Bonnie Alexander y Mary Ellen Modica hicieron posible que yo volviera a trabajar. Sin su ayuda tal vez nunca hubiese sido capaz de volver a hacerlo. Diann Smith me facilitó los contactos, como lo ha hecho con las mujeres de Chicago durante treinta años. El profesor Wright y el doctor Cardhu soportaron mi humor durante largos y penosos meses.

Chicago, mayo de 1991

El sexo y la soltera

Ardientes besos cubrían mi rostro, arrastrándome desde las profundidades del sueño hasta el borde de la consciencia. Gruñí y me arrebujé entre las sábanas, deseando volver a sumergirme en el pozo de los sueños. Mi compañera no estaba de humor para descansar: se metió bajo las mantas y siguió colmándome de un apremiante afecto.

Cuando me tapé la cabeza con una almohada empezó a gemir lastimosamente. Totalmente despierta ya, me di la vuelta y la miré con saña.

– No son ni las cinco y media. No es posible que quieras levantarte.

No hizo ningún caso, ni de mis palabras ni de mis esfuerzos por separarla de mi pecho, pero me miró fijamente, con sus ojos marrones muy abiertos y la punta de su lengua rosa asomando entre los labios.

Le enseñé los dientes. Me lamió ansiosamente la nariz. Me incorporé, apartando su cabeza de mi cara.

– Para empezar, esa manera de prodigar indiscriminadamente tus besos es la que te ha metido en este aprieto.

Feliz de verme despierta, Peppy saltó pesadamente de la cama y se dirigió hacia la puerta. Se volvió para ver si la seguía, soltando pequeños gemidos de impaciencia. Me embutí en una sudadera y un pantalón corto que extraje del montón de ropa que había junto a la cama y me dirigí con pasos embotados por el sueño hacia la puerta trasera. Forcejeé con el triple cerrojo. Para entonces Peppy lloraba de impaciencia, pero consiguió controlarse hasta que pude abrir la puerta. La buena cuna se nota, supongo.



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