La observé bajar los tres tramos de escaleras. El embarazo había distendido sus flancos y entorpecido su paso, pero consiguió llegar a su sitio junto a la verja del fondo antes de aliviarse. Cuando terminó, en lugar de hacer su ronda habitual por el jardín, correteando tras los gatos y demás merodeadores, regresó anadeando a las escaleras, se detuvo frente a la puerta de entrada y soltó un agudo ladrido.

Muy bien. Se la llevaremos al señor Contreras. Era mi vecino del primer piso, dueño a medias de la perra, y totalmente responsable de su estado. Bueno, no del todo: había sido obra de un perro labrador negro que vivía cuatro casas más arriba.

Peppy se había puesto en celo la semana que yo salí de la ciudad siguiendo la pista de un sabotaje industrial. Me puse de acuerdo con un amigo mío, un transportista de muebles con músculos de acero, para que la sacara dos veces al día, con una correa corta. Cuando le dije al señor Contreras que iría Tim Streeter, se mostró profundamente ofendido, aunque desgraciadamente sólo de boquilla. Peppy era una perra perfectamente educada, que acudía cuando se la llamaba y no necesitaba correa, y además, ¿quién me creía yo que era, quedando con otra gente para que la sacara a pasear? Si no fuese por él, ella estaría totalmente desatendida, conmigo fuera casi las veinticuatro horas del día. Me iba de la ciudad, ¿no? Otro ejemplo más de mi negligencia. En definitiva, él estaba más capacitado que el noventa por ciento de los bobalicones que yo frecuentaba.

Con mis prisas por irme apenas si le había prestado atención, lo justo para reconocer que estaba en una forma excelente para sus setenta y siete años y rogarle que me complaciera en ese asunto. Sólo diez días más tarde me enteré de que el señor Contreras había despachado a Tim la primera vez que acudió. El resultado, si bien catastrófico, era totalmente predecible.



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