
La clave no es que nosotros pensemos. La clave es que sepamos que estamos pensando. Los animales piensan, hasta cierto punto. Dejen un trozo de carne sobre una mesa, abandonen la habitación, y un perro ideará una manera de conseguirla. Una rata puede superar un laberinto. Eso es pensamiento, una forma rudimentaria de pensamiento, pero pensamiento al fin y al cabo. Aunque es limitado: cuando un ser humano concibe un plan o se implica en una actividad determinada, no sólo está pensando, sino que, simultáneamente, es consciente del hecho de que está pensando. ¿Lo comprenden?
La mujer que había hecho la pregunta asintió. Cleaver comenzó a pasearse por el frente de la sala.
– El cerebro no es nada del otro mundo. Podemos deducir su funcionamiento. La sangre que suministra alimentos a las células, neurotransmisores activados a través de las sinapsis… Pero ¿qué nos dice eso? No mucho. ¿Cómo puede toda esta actividad producir una colección uniforme de pensamiento superior que puede ser separada y examinada? ¿Cómo origina la conciencia? En otras palabras, ¿cómo llega a existir la mente? Porque la mente está formada de conciencia. Y la existencia de la conciencia no se deriva de las leyes físicas.
Era evidente que Cleaver se estaba dejando llevar por sus propios pensamientos.
– Es ese sentido de la conciencia, o como quieran llamarlo, lo que crea a un ser consciente. Es lo que hace que tú comprendas que eres tú y nadie más, y que cuando mañana te despiertes sigas siendo tú. Porque, de otro modo, no serías nada, solamente una sombra. Vivirías en el momento exacto, el presente justo. No habría pasado ni futuro. Habría miles de tús, cientos de miles de tús, cada uno para un momento diferente. La conciencia es lo que nos lleva de un momento al siguiente. Es nuestro modo de existencia. Es la concha que nos mantiene intactos; sin ella sólo duraríamos lo que un caracol desnudo en una playa.
