Una mujer de la última fila levantó la mano.

– ¿Puede decirnos en qué parte del cerebro está trabajando ahora?

– No, no, el cerebro, no -dijo-. Yo no he dicho en ningún momento que estuviera trabajando en el cerebro. La mujer pareció desconcertada.

Cleaver se dirigió a la pared y desenrolló una lámina que describía un corte transversal del cerebro. De modo que esa habitación era una sala de clases, después de todo, pensó Kate. Cleaver miró a su alrededor, buscando aparentemente un puntero y, al no encontrar ninguno, se volvió nuevamente hacia la lámina y le dio unos golpecitos con el índice. Cuando habló, las palabras brotaron de su boca con un tono de urgencia.

– Éste es el cerebro. El sistema límbico, el tronco cerebral, el cerebro superior, la corteza cerebral, el cerebelo, todos los presentes lo conocen muy bien; pueden verlo, nombrarlo, hablar de él. Es algo que se puede plasmar en un trozo de papel, algo que se puede cortar. Eso no es lo que yo hago.

Tiró de una cuerda y envió nuevamente la lámina hacia arriba.

– Lo que yo examino es la mente. Y examino la diferencia entre ambos: mente y cerebro. Ahí reside toda la cuestión, en la diferencia. La gente habla del problema mente-cuerpo, pero es un error. Pensemos en el problema mente-cerebro. ¿Dónde acaba una y comienza el otro? -Los miró como si buscara una respuesta-. ¿Qué es lo que forma la conciencia? ¿Qué es lo que nos hace conscientes?


Ahora hablaba como un profesor de universidad. -Descartes. Cogito ergo sum, pienso, luego existo. ¿Qué significa eso exactamente? La mayoría de las personas lo interpretan de un modo erróneo. No significa que pensar es en sí mismo una prueba de que existimos. Significa que el conocimiento de que estamos pensando es una prueba de que existimos.



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