
Todo era blanco. Y luego sentía que se levantaba y abandonaba su propio cuerpo, pero la gente no se daba cuenta, y cuando llegaba al techo miraba hacia abajo y se veía a sí mismo acostado en la cama, con la gente a su alrededor. Y, finalmente, descubría la puerta de emergencia, pero no era blanca; era oscura, gris, casi negra. Y él sabía que cualquier cosa que hubiese al otro lado de esa puerta sería lo más terrorífico del mundo. Sabía que no debía abrir esa puerta, pero no podía evitarlo. Apoyaba la mano en el pomo y comenzaba a hacerlo gibar y, de pronto, oía un sonido horrible: un sonido fuerte, intenso, aterrador, como si la habitación se estuviese derrumbando tras de sí y todo fuese absorbido a través de la estrecha abertura. Y la puerta comenzaba a abrirse cada vez más. En ese momento siempre sucedía algo: él se sobresaltaba o, si había estado durmiendo, se despertaba rápidamente, justo a tiempo. Y así jamás alcanzaba a ver lo que había al otro lado de la puerta, aunque en el fondo sabía que era algo horrible.
Tyler trataba de pensar en otras cosas.
Su madre se había marchado de viaje. Eso era malo; le provocaba un gran vacío. No obstante, pensar en un avión le emocionaba. El año anterior había viajado en avión a Florida. Se le subían los colores cuando recordaba el miedo que había sentido cuando su padre le había dicho que iban a «volar», porque él no sabía volar, y cómo se había escondido detrás del sofá cuando llevaron las maletas al vestíbulo. Entonces su madre lo encontró y, cuando finalmente admitió los motivos de su miedo, su padre se echó a reír y Tyler se sintió avergonzado de su comportamiento. Pero su madre lo abrazó con tanta fuerza que casi le hizo daño; le cogió el rostro con las manos y besó las lágrimas cálidas que bañaban sus mejillas. Y él aspiró su olor, esa indescriptible fragancia que siempre le llegaba al corazón porque significaba que todo iba bien, que todo iba a salir bien porque ella estaba a su lado.