El viaje en avión resultó ser una experiencia divertida: lápices de colores y cuadernos para colorear, nubes blancas al otro lado de la ventanilla hasta donde alcanzaba a ver, y el piloto con un uniforme inmaculado caminando por el pasillo y apoyando una mano sobre su hombro. Tyler era hijo único pero no se sentía solo. Su mundo era una confortable casa de madera y un cuidado jardín trasero en Westport, Connecticut, que él poblaba con toda clase de criaturas imaginarias. En su habitación había una estantería llena de juguetes; su cómoda estaba cubierta de adhesivos con los personajes de Disney. Fuera, debajo de unos matorrales que abrazaban la casa, en un espacio donde sólo él cabía, había creado una ciudad en miniatura; había trazado caminos en la tierra con el canto de la mano, había apilado pequeñas ramas como si fuesen montones de leña junto a las puertas de las diminutas casas que había hecho su padre y, a veces, maniobraba los coches Matchbox de metal hasta provocar unos atascos fabulosos. Le encantaba subirse a los árboles, especialmente a un viejo pino que se alzaba en el centro del terreno, y sentarse en las ramas más altas para contemplar el vecindario y balancearse con la brisa.

Luego estaban la escuela y los amigos que allí había hecho: Johnny, alto, flaco, con la nariz que le goteaba permanentemente; Tim y Craig, los mellizos pelirrojos, y Lovett, un chico callado que coleccionaba cómics. Tyler era muy guapo, con la tez aceitunada, el pelo negro y los ojos brillantes debajo de las largas pestañas negras. En los recreos, rápido para inventar juegos y veloz como una liebre, era el centro de atención. Los otros chicos se acercaban a él, caían naturalmente bajo su hechizo. La señora Spangler, la maestra de primer grado, lo llamaba a menudo para que leyese las palabras escritas con grandes letras debajo de los dibujos salpicados de colores.



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