He conseguido la hierba fresca esta misma noche; media libra en Trader's Joe, en la zona de La Brea. Gene, el encargado del garito, siempre tiene una reserva oculta para sus clientes especiales, y aunque ocasionalmente se necesitan cinco o diez pavos para mantener a Gene de buen humor, no hay otra hierba como la albahaca de Gene. Te pone a cien, y deseas alcanzar un estado alucinógeno total cuando, de pronto, ya lo has conseguido, y entonces te preguntas cómo cono es posible que nunca antes hayas estado en ese lugar.

La cámara cuelga de mi cuello sin la cubierta del objetivo; tira con fuerza de mí, implorando entrar en acción. Se trata de una mierda de Minolta que compré por cuarenta pavos; es de pésima calidad por donde se la mire, pero no puedo husmear en la vida de los demás sin una cámara y el mes pasado no conseguí ganar la pasta suficiente como para sacar la buena de la casa de empeños. Por eso, necesito este trabajo; por eso, y para pagar la hipoteca, y el coche, y las tarjetas de crédito.

Un par de faros atraviesan la oscuridad, arrastrándose lentamente por las calles. También hay luces intermitentes, anaranjadas: polis. Me hundo en el asiento. Soy bajo. No me ven. El coche pasa de largo. Las luces traseras inundan los tranquilos suburbios con un baño de pálido carmesí.

En el interior de esa casa, al otro lado de la calle -esa casa, allí, con el jardín perfectamente cuidado, las falsas luces de gas de seguridad, el camino particular de hormigón-, se encuentra la potencial salvación de este mes para mí. En otro tiempo, un caso así habría significado una renta de entre veinte y cincuenta mil dólares una vez que Ernie y yo hubiésemos terminado de incluir honorarios, gastos y cualquier cosa que se nos hubiese pasado por la cabeza en el momento de hacer la factura; hoy, sin embargo, tendré suerte si consigo sacar novecientos pavos. Me duele la cabeza. Me meto otro poco de albahaca en la boca, y mastico, mastico, mastico.



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