
La ventana del dormitorio es un amplio mirador, que afortunadamente queda oculto detrás de las frondosas ramas de un roble cercano. Las cortinas, aunque corridas, se han separado ligeramente, y es a través de esa abertura por donde conseguiré las mejores fotos. Un rápido vistazo…
El señor Ohmsmeyer, respetado contable y padre de tres hermosos Iguanodon, se ha quitado completamente su disfraz humano. La cola está extendida en posición de apareamiento, tiene las garras contraídas por razones de seguridad, y un juego completo de dientes afilados como cuchillas de afeitar prueba el aire saturado de feromonas. El señor Ohmsmeyer está colocado encima de su amante, un ejemplar de Ornithomimus de proporciones normales: un buen saco de huevos, finas patas delanteras, pico redondeado y cola apropiada. No veo nada extraordinario en ese dormitorio; no alcanzo a entender qué clase de urgencia es la que incita al señor Ohmsmeyer a romper sus sagrados votos matrimoniales, pero quizá resulta difícil para un solterón veterano llegar a comprender las pasiones que consumen a los hombres casados. Sin embargo, no tengo que entender nada; simplemente debo tomar fotografías.
El obturador no es tan silencioso como a mí me gustaría, pero con todo el ruido que comenzarán a hacer esos dos dentro de un minuto, pasará desapercibido. Empiezo a disparar, ansioso por sacar la mayor cantidad de fotografías posible. La señora Ohmsmeyer ha accedido a pagar el coste de las películas y los revelados que sean necesarios para el buen fin de mi investigación, y si tengo suerte, no se dará cuenta de que también costeará la factura de algunas fotos que tomé el año pasado durante la excursión de pesca a Beaver Creek.
