Así pues, podía limitarme a vigilar la casa, instalar mi trasero en el coche y observar como un halcón; sin embargo, ¿quién podía saber dónde desarrollaría luego sus actos amorosos ese lío lujurioso? En una ocasión le seguí la pista a uno a quien le gustaba follar en las vigas maestras que hay debajo de los puentes, y a otro que sólo lo hacía en los lavabos del Hogar Internacional de las Tortillas. De este modo, si bien la vigilancia era una opción a tener en cuenta -y finalmente he acabado en el hogar familiar-, aún quedaba el problema de no perder de vista al señor Ohmsmeyer. Pero una vez que decidí meter mi nariz -mi principal fuente instintiva-, todo encajó perfectamente en su lugar.

El señor Ohmsmeyer exudaba un olor antiséptico, casi granulado, con un toque de lavanda en)os bordes; muy propio de un contable. También era intenso; podía olerlo a ciento cincuenta metros. Así, la siguiente vez que trató de practicar el cambio de imagen, las cosas sucedieron de este modo: entró en un restaurante vestido como el señor Ohmsmeyer y salió dos horas más tarde disfrazado de una anciana dama asiática con un andador. Pero daba igual, ya que dejó detrás de él grandes nubes de feromonas que flotaban como un rastro de migajas, y yo seguí ese sendero olfativo mientras el señor Ohmsmeyer llevaba a su muñeca a esta calle, esta casa y esta ventana del dormitorio. Se trataba de un movimiento realmente arriesgado, puesto que había convenido una cita clandestina en el mismísimo hogar familiar. No obstante, la señora Ohmsmeyer y los niños pasan el fin de semana en casa de una hermana en Bakersfield, de modo que el señor Ohmsmeyer está a salvo de un inoportuno descubrimiento por parte de su esposa legítima.

Ya he tirado tres rollos de película y casi es la hora de cerrar la tienda. Justo a tiempo también, puesto que el señor Ohmsmeyer está a punto de dar por terminados sus juegos y la diversión.



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