
– ¿Yo? ¿Yo? -pregunta con voz chillona, y sus palabras tienen el mismo efecto de dos cristales frotados en mis oídos. -Sí, usted. Ése es mi coche. Esto…, esto que hay aquí… es mío.
– ¿Este coche?
– Sí -repito-, este coche. No he aparcado en zona prohibida. No puede llevárselo.
– ¿Aparcado en zona prohibida? No, no está aparcado en zona prohibida.
Sacudo la cabeza furiosamente, esperando que las pistas no verbales puedan ayudar en este caso.
– Sí, sí, exacto. El bordillo no está pintado de rojo, no hay ninguna señal… Por favor, desenganche mi coche de la grúa…
– ¿Se refiere a este coche?
– Sí, eso es. Sí. Ese coche. El Lincoln. Haga el favor de desengancharlo de su grúa, y así podré marcharme. -No es suyo.
El tío resume la situación asegurando el montacargas en el eje frontal.
Me acerco al coche por la portezuela del acompañante, busco en la guantera -goma de mascar, mapas, un molinillo de orégano seco- y saco los arrugados papeles del coche. -¿Lo ve? Aquí pone mi nombre.
Coloco la documentación bajo sus narices, y el tío la estudia durante un momento. La mayoría de Compsognathus presenta serios problemas de alfabetización. -No es suyo -repite.
No tengo ni tiempo ni disposición anímica para comprometer a este dinosaurio con claro retraso mental en un debate filosófico con respecto a la naturaleza de la propiedad, de modo que creo que lo que se impone es un poco de intimidación.
– Usted no debe hacer esto -le digo, optando por un susurro cómplice-. Tengo algunos amigos muy poderosos.
No es más que un pésimo farol, pero, en cualquier caso, ¿qué diablos puede saber un Compsognathus?
El tío se echa a reír, el pequeño y jodido cabrón. Emite una carcajada que parece elcloqueo de una gallina, y sacude la cabeza hacia adelante y hacia atrás. Considero la posibilidad de lanzar un ataque controlado, pero ya he tenido bastantes problemas con la ley en los últimos meses y no veo la necesidad de añadir otro delito a la lista.
