
– Sé muchas cosas de usted -dice el Compsognathus-. Al menos sé todo lo que necesito saber.
– ¿Qué? Escuche un momento… Verá…, necesito el coche para mi trabajo…
De pronto, la puerta principal de la casa se abre, y el señor Ohmsmeyer, que se ha vuelto a disfrazar batiendo todos los records, echa a andar decididamente por el camino particular. Se trata de una demostración de velocidad realmente impresionante, teniendo en cuenta que a la mayoría de nosotros nos lleva entre diez y quince minutos aplicarnos el maquillaje y el traje de látex humano más básico. Como dato aleatorio diré que la abrazadera D-9, colocada debajo del disfraz, en el costado izquierdo del pecho, está desprendida -puedo verla incluso a través del disfraz-, pero es algo que un mamífero jamás sería capaz de reconocer. Sus ojos miran a ambos lados, nerviosos, paranoicos, escudriñando la calle a oscuras en busca de cualquier señal que pueda delatar la presencia de su amada esposa. Tal vez oyó mi precipitada retirada de los matorrales; tal vez interrumpí su climax.
– ¿Qué demonios está pasando aquí? -pregunta con un gruñido.
Estoy a punto de contestarle cuando el conductor de la grúa me entrega una hoja de papel. Dice: «Byron. Cobranzas y Recuperaciones», en negrita y en cuerpo veinte, e incluye el número de teléfono y algunos ejemplos de sus tarifas. Alzo la vista, y varias respuestas indignadas se convierten en espuma en mis labios…
Descubro que el Compsognathus ya se encuentra sentado detrás del volante de la grúa; acciona el mecanismo que levanta el Lincoln y lo deja colgando sobre las ruedas traseras. Entonces salto hacia la puerta abierta con las garras extendidas, y la puerta se cierra violentamente delante de mis narices. El muy hijo de perra se ríe desde detrás del cristal. Sus rasgos angulosos casi me desafían para que me ponga ante el camión, para que entregue mi vida por la vida de mi automóvil, algo que en Los Ángeles no resulta tan extraño.
